sábado, 5 de abril de 2014

En ese Jabalí


Ya cuando era niño siempre me paraba con gran admiración ante el escaparate de una tienda de cuadros, para contemplar una mala reproducción en color que representaba el suicidio de una pareja de amantes. Era una noche de invierno, y la luna aparecía solo para iluminar este postrer instante, rasgando grandes nubarrones. Los dos se hallaban al final de un pequeño embarcadero de madera, a punto de dar el paso decisivo. El pie de la joven, y el del hombre, tendían a un tiempo hacia las profundidades, y el espectador sentía con alivio cómo ambos caían ya, presa de la fuerza de gravedad. Recuerdo también que la muchacha, que no llevaba sombrero, tenía la cabeza envuelta en un libero velo verde claro que flotaba al viento, el cual henchía el negro gabán del hombre. Se mantenían abrazados, y nadie hubiera sabido decir si ella tiraba de él, o él la empujaba, hasta tal punto su impulso era equilibrado y necesario, y puede que ya entonces presintiera uno , aunque no lo llegase a comprender hasta más tarde, que para el amor tal vez no hay otra salida que la representada en aquel cuadro. Pero en aquella época yo no era más que un niño, y el cuadro que solía estar colgado junto al que me refiero, y que mostraba un jabalí que surgía de la espesura del bosque dando un gigantesco brinco y viniendo a turbar un desayuno de cazadores que tenía lugar en un claro, de suerte que los cazadores se escondían detrás de los árboles, y platos y manjares volaban por lo aires, me parecía mucho más divertido que el otro, eso desde luego.

Kafka en carta a Felice del 25 de febrero de 1913.


Este fragmento me trastornó. Como si en ese jabalí que surge de la espesura estuviera todo el secreto del juego: el ideal simétrico/mortuorio del Amor desbaratado por el humor negro, florido e infantil de la existencia misma.




No hay comentarios:

Publicar un comentario